viernes, 19 de diciembre de 2008

VACACIONES: ¿¡QUÉ HORROR!? O ¿¡QUÉ GRAN OPORTUNIDAD!?


Ya están aquí las vacaciones de Navidad. Para algunas personas tan temidas y para otras tan deseadas (y para otras ni fú ni fá).
En cuanto a relaciones familiares se refiere, sucede algo parecido: hay quien teme el momento en el que las escuelas cierren sus puertas y le obliguen a aguantar durante dos semanas eternas a sus criaturas correteando y molestando por toda la casa y quien se alegra de poder disfrutar con tranquilidad, sin las prisas diarias, de una relación más intensa y verdadera junto a hijas e hijos a quienes normalmente apenas podemos hacer caso.
Las vacaciones pueden ser un momento donde nos encontremos con todos nuestros miedos, pero también una oportunidad para hacer un alto y plantearnos ciertas cuestiones sobre nuestra forma de actuar. Si la relación familiar se vive como un combate diario, seguramente nos horrorizará pensar que durante un largo período se va a intensificar todavía más. Si ya estamos en un proceso de cambio, en un compromiso de proyecto educativo afrontado con ilusión, podemos ver las vacaciones como una ocasión en la que practicar con serenidad lo que vamos aprendiendo. Porque muchas veces las prisas desvirtúan nuestras buenas intenciones.
Desde esa perspectiva la familia puede mostrar dos de sus facetas fundamentales: ser escenario y a la vez ser refugio.
ESCENARIO de los aprendizajes más importantes que la persona debe adquirir para desenvolverse con plenitud en su proceso a lo largo de toda su vida.
REFUGIO donde poder encontrar la tranquilidad y la seguridad necesaria mientras se adquieren todas las competencias que nos capacitarán más adelante para enfrentarnos a cualquier situación, porque en esos primeros años hemos cimentado nuestra preparación sobre una base de confianza y no sobre movedizos y temblorosos pilares de miedo.

Ayudar a desarrollar todas las capacidades (en principio ilimitadas) de cada persona en un ambiente de confianza y seguridad requiere tiempo. Hace años se extendió como la pólvora el eslogan "es más importante la calidad que la cantidad". Todo el mundo se aferró a la idea como a un clavo ardiendo. No porque nadie hubiera demostrado empíricamente que era así. En el fondo la gente lo aceptaba como se acepta una pastilla recetada para calmar algo que en nuestro interior nos crea desasosiego. Resignadamente, en muchos casos se tenían percepciones del estilo: "sentimos en el alma no poder ver a nuestras criaturas en todo el día porque trabajamos de sol a sol, pero si dicen que con estar diez intensos minutos junto a ellas es como si estuviéramos doce horas relajadas, habrá que pensar que es verdad y conformarse". Claro que esto ayudó a mantener la idea de que los hombres podían seguir con su estatus de buen padre sin aparecer por casa en todo el día. "Dice la psicóloga que si lo último que ven las gemelas antes de dormirse es a su padre arropándolas, eso vale por todas las horas que no ha estado junto a ellas".
Nuestra experiencia (empírica) nos dice que no se trata de elegir entre calidad o cantidad. Que poniéndonos a elegir, elegimos calidad y cantidad , sabiendo que a partir de ahí nuestra perspectiva cambiará:
-"¿ y si no tienes tiempo?" Si creo que realmente es importante el tiempo que se pasa junto a hijas e hijos, no aceptaré tranquilamente la otra opción: "bueno, me queda la calidad". En su lugar observaré si puedo hacer algo para que esa cantidad que en principio parece reducida, pueda ir estirándose. Y los resultados suelen ser sorprendentes.
Uno de ellos es ver las vacaciones no como una penitencia, sino como un regalo. Un período de tiempo donde palabras como seguridad, serenidad, respeto, razonar, estimular, aprendizaje, aceptación, autoestima, pueden cobrar especial protagonismo. ¿Cómo? Lo trataremos en la próxima entrada.

Felices vacaciones (a quien las tenga).

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